El día que un gran jugador de baloncesto quedó parapléjico por este estupido cabezazo

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Cuarto partido de la semifinal de la Liga griega de 1993. El Panionios pierde por 50-56 frente al Panathinaikos.

Boban Jankovic, estrella local, recibe debajo del aro, desplaza ligeramente a Fragiskos Alvertis y anota. Sin embargo, el colegiado Stelios Koukoulekidis anula la canasta al considerar que el serbio ha hecho falta en ataque. Era su quinta personal.

La reacción de Jankovic es desproporcionada. Se dirige al soporte de la canasta, que entonces no estaba tan acolchado como los actuales, y estrella su cabeza contra él. Cae redondo al suelo. Quedará parapléjico.

Su carrera baloncestística y su evolución, que parecían no tener techo, se detuvieron de igual modo. Una carrera que desde niño soñó, dibujada a base de buenos partidos y de hambre de triunfos.

Nació en un frío diciembre de 1963 en Belgrado y, desde muy pequeño, destacó en su deporte favorito. Con dieciséis años llegó a la primera plantilla del Estrella Roja, donde jugaría durante doce temporadas. Con desparpajo y acierto, se hizo un hueco en el equipo y creció de la mano de su club. Sin salir de su Belgrado natal, llevó a su equipo a tres finales de Liga y tres de Copa. El alero de 2,01 se había convertido en un referente de un club emblemático en Yugoslavia, pero su equipo no lograba plasmar en títulos aquellos años de buen baloncesto. El dominio de la potente Cibona y la irrupción de la mejor generación de jugadores en la historia del continente, de la mano de la Jugoplastika de Split, impidieron a Slobodan levantar ningún trofeo. Del mismo modo, la suerte les fue esquiva en Europa, donde sucumbieron ante el Pau Orthez tras llegar a la final de la Korac.

Quizá por ello tomó la decisión de abandonar el Estrella Roja y recalar, en la 90-91, en las filas del Vojvodina. Ese año en Novi Sad, supuso una nueva confirmación de la inmensa calidad de Jankovic. Al año siguiente, otra vez en el Estrella Roja, tocó el cielo. Penetraciones a canasta inverosímiles, triples ganadores, auténtico líder en la cancha. El galardón de mejor jugador de la Liga Serbomontenegrina rendía justicia a su rendimiento, pero nuevamente se quedó sin el título.

La desdicha de ‘Boban’ era enorme. Su país estaba inmerso en una guerra que parecía no tener límites en cuanto a duración y crueldad. Pese a haber alcanzado la selección absoluta y ser internacional en varias ocasiones, su sueño de disputar los Juegos Olímpicos de Barcelona con el combinado serbomontenegrino se desvaneció a causa del conflicto de su país. Ni siquiera le quedó el consuelo de poder competir en Europa esa temporada. Representaba la síntesis de su carrera: ganador carente de suerte, talento con infortunio, carisma sin recompensa. Lo más viable era buscar otro equipo y jugar en el extranjero, por lo que el nombre del alero entró en el mercado ese mismo verano. Pretendientes no le faltarían, habida cuenta de su calidad.

El proyecto del Panionios le convenció y firmó finalmente por el conjunto heleno. En esos instantes no podía imaginar que, en tan sólo un año, se convertiría en una de las mayores leyendas de la historia del equipo ateniense.

Su temporada en Grecia fue soberbia, pletórica. En Europa empezaba a ser temido. Asumía sus responsabilidades de líder en ataque y brillaba en cada faceta del juego. De hecho, en la Copa Korac de la temporada 92/93, se reveló como cuarto máximo anotador (20,8 puntos por encuentro, por detrás sólo de estrellas como Joe Arlauckas y Sasha Djordjevic y delante de Dino Radja o Vincenzo Esposito entre otros), cuarto mejor pasador (3,8 asistencias por choque) y, además, como tercero en la estadística de robos por partido (2,4) en la competición continental.

En esa campaña, su epílogo como profesional, el último año que vivió alejado de la condena de la silla de ruedas, regaló auténticas demostraciones de buen juego. Días de inspiración como el que tuvo en Roma (41 puntos ante la Virtus) le valieron el sobrenombre de ‘Bombardero’. Su juego resultaba letal, imparable, insultante por calidad y contundencia.

Hasta ese fatídico 28 de abril. Hasta esa mala jugada del destino y ese maldito cabezazo que cambió su vida. Mientras Slobodan caía inmóvil al suelo, se borraban de un plumazo su historial, cada triunfo, las canastas imposibles, los sueños de básquet que anhelaba desde pequeño. La verdadera lucha empezaría en ese momento. Una lucha por sobrevivir ante uno de los golpes más duros que puede tener una persona.

La imagen de Jankovic conmocionado, una de las más dantescas que se han televisado en el ámbito deportivo, dieron la vuelta al mundo junto a la noticia de su invalidez. Se intentó evitar lo inevitable, siendo tratado por los mejores médicos posibles sin reparar en gastos, pero no hubo solución.

’Boban’ iniciaba una etapa radicalmente distinta. Los ánimos de los primeros meses se convirtieron en soledad cuando su tragedia cayó en el olvido. Su esposa lo abandonó, las sucesivas operaciones no resultaban exitosas y su situación económica no era boyante. Pasó de tenerlo todo a necesitar ayuda, incluso para encender un cigarro. No quería que le compadecieran (“Soy un guerrero, no un mendigo”), aunque reconocía la dureza de su nueva situación. “Lo peor es irte a dormir sabiendo que mañana te levantarás con el mismo dolor del día anterior”.

El guerrero perdió sus alas, empero no su coraje ni su amor a la vida y al deporte. Su hijo, Vladimir, era su principal motivación: “Mi hijo me da fuerzas para continuar, es el único motivo por el que merece la pena a luchar”. Siguió viviendo en Atenas, ciudad que le había adoptado desde su paso por el Panionios y descubrió que el baloncesto era una buena excusa para ver las cosas con más optimismo, para lograr superar tanto obstáculo en su camino.

Se hizo cargo del Olympiada Petropouli, un equipo ateniense que disputaba el campeonato regional. Allí creo una sección de baloncesto en silla de ruedas y se sintió valioso. “Este paso es muy importante para demostrar que todavía tengo cosas por ofrecer. Amo el baloncesto, lo adoro, incluso desde una silla de ruedas”. Desde el puesto de entrenador podía aportar a sus jugadores el legado que tantos años de baloncesto le dejaron. “Soy entrenador profesional, he completado el curso de formación. Lo único que me distingue respecto a otros entrenadores es que no puedo correr por la línea lateral. Pero puedo enseñar cosas y conducir a mi equipo hacia la victoria”.

Con el paso de los años, su leyenda no disminuyó en el mundo de la canasta. Se le retiró con honores su camiseta en el Panionios y los aficionados no olvidaron al mítico “8” de la sonrisa eterna. En mayo de 2002, en un Panionios-Turk Telecom Ancara, el club heleno decidió darle un homenaje. Cuando el speaker pronunció su nombre, el repleto pabellón se vino abajo. La situación fue memorable, indescriptible, melancólicamente bella. La emotiva ovación se prolongó durante largos minutos. Los aplausos, muchos entre lágrimas, no sólo iban dirigidos al jugador sino también a la persona, al luchador que seguía siendo gigante pese a ver el mundo desde una silla de ruedas. Se aclamó sin cesar su nombre (“¡Boban, Boban!”) en la misma cancha que nueve años atrás había sido testigo de su accidente.

De igual forma, en 2004, Maccabi y Estrella Roja disputaron un amistoso con fines benéficos, para ayudar económicamente a Slobodan. Tampoco se olvidó de él su amigo Sasha Djordjevic. Le invitó a su despedida como jugador profesional en un encuentro celebrado en Belgrado, repleto de leyendas del baloncesto para homenajearle. El gesto hizo que el propio ‘Boban’ Jankovic no pudiera contener las lágrimas. Zarko Paspalj también le mostraba su apoyo. “Fue un gran amigo nuestro no sólo en la pista. Ahora queremos ayudarle a recuperarse de su lesión”.

El Eurobasket de Serbia y Montenegro celebrado en el verano de 2005, supuso una de las últimas oportunidades para poder ver al ‘Bombardero’ en un pabellón de baloncesto.

Pero por desgracia, otro fatídico día 28 se cruzó en su vida. Esa noche, en este pasado mes de junio, Slobodan sufrió un paro cardiaco mientras se encontraba en un barco, rumbo a la isla griega de Rodas. Aunque el capitán detuvo el barco e intentó volver a Syros para que le pudieran auxiliar, el serbio se sintió cada vez peor y su corazón, que había vencido todas las adversidades hasta ese día, se detuvo definitivamente.

Su muerte, a la temprana edad de 42 años, causó sorpresa y desolación. El funeral, pagado por el municipio de Nea Smyrni (hogar del Panionios), estuvo a la altura de la grandeza de Jankovic. Más de mil personas se desplazaron para darle el último adiós. Zarko Paspalj, Zeljko Rebraca, Panayotis Fassoulas y Dragan Tarlac, entre otros. Compañeros y rivales unidos por ‘Boban’. También asistió Vlado Djurovic, el entrenador que le apoyó desde el cabezazo con la canasta hasta el día de su muerte.

 

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Deportes

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